La falta de comunicación es sinónimo de crisis.

La comunicación, ufff! cuántas cosas engloba. Comunicar es retroalimentarse de algo material, ficticio o como quiera que sea. Es percibir las sensaciones que determinada situación u objeto mismo nos trasmite. Y se dice fácil, pero nos estamos comunicando todo el tiempo. 

Como nos vestimos, nos maquillamos, como caminamos, hablamos, reímos, lo que dibujamos o como escribimos, nuestras preferencias: todo es una suma de pequeñas y grandes cosas que nos permiten eso, la comunicación. Y tanta retórica me viene hoy a la mente por algo en lo que no había caído antes en la cuenta; “mi gran necesidad de comunicarme”, de expresarme, ¡de hablar!, de conservar lo que antes para mi era más que nada, lo que era mi 100%, mi lenguaje y a fin de cuentas mi comunicación con los demás.

comunicación

Estamos concebidos para comunicarnos, demostrar lo que somos, lo que pensamos lo mismo a gritos que con gestos para no perder nuestra naturaleza humana, no tengo dudas. Solía yo hace algún tiempo hablar de todo y con todos, horas me pasaba al teléfono o de visita con primos, amigos, padre, madre y, con quien más: mi abuela. La comunicación con todo lo que me rodeaba, mediante la palabra en este caso, me era el alma en aquel entonces. Y puse un stop, un punto y aparte que me ha hecho feliz como nunca antes, pero que me ha privado de mi esencia, la de comunicarme. Y todo por razones políticas y geográficas que, aunque más quisiera no podría cambiar inmediatamente. ¿Cómo pueden limitar tanto la cercanía entre familias y amigos sin pensar en lo “antihumano” que convierten al mundo? Ahora me conformo con minutos, minutos locos a gritos de alegría que me llenan para una semana, o poco más…, a veces no me duran ni tan siquiera una hora de felicidad, pero son ¡benditos minutos! de sentir sus voces. Sus voces que imitan y las sé tan felices como la mía pero a las que le falta algo: el poder comunicarnos, la tranquilidad de decirnos mil y una cosas.

Y este gorrión no viene porque sí, ayer me regalé 85 minutos. Casi dos horas de tiempo que tengo que aprovechar para no extrañar mi comunicación (algo que ya sé imposible). Tengo 85 minutos que consumir hablando con tanta gente, siendo persona, tan “comunicada” como lo era antes y lo haré a gritos, me calmaré a ratos, pero no perderé mi esencia. Porque así me comunico yo cuando quiero, y con “quiero” me refiero a cuando amo. En un final somos eso, una interfaz con todo el que nos rodea, estamos rodeados de interacciones de esencia humana pero que inevitablemente son más necesarias incluso que lo que comemos. Porque para mi la comunicación es eso que me hace persona, que me hace Liana. ¿Y para ti?

Foto de portada: ClipArtBest.com

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